Está oscuro, bien negro, tan negro que no sabes ni dónde termina tu cuerpo ni casi si estás ahí. Únicamente la mente intenta controlar la situación, pues el cuerpo hace rato que se ha entregado a la oscuridad y al calor.
Al principio el resplandor del fuego iluminaba la tienda lo suficiente como para distinguir a los participantes y luego, de las piedras calientes, al rojo, emergía una tenue luz que perfilaba los contornos de los cuerpos más próximos, pero al echar el agua sobre las piedras, ese rojo se ha convertido en vapor y ahora la tienda está oscura e inundada de vapor con aroma a salvia. Calienta todo el espacio envolviéndonos en un baño ardiente que nos hace o replegarnos en nosotros mismos buscando protegernos o abrirnos a la dicha de fundirnos con el vapor.
Alguien ha comenzado a cantar y el sonido nos envuelve a todos; más voces se unen a la primera y van subiendo el tono y la vibración. Si cantas poniendo todo tu ser en ello, la canción te da fuerza, una fortaleza inmensa, y a través del canto puedes celebrar, pedir ayuda, agradecer, orar, transportarte, trascender el calor y acallar la mente, permitiéndote así sentir la comunión con todo lo que te rodea. A veces basta el silencio.
Mientras, el sudor brota a borbotones por todos los poros, de la cabeza a los pies, resbalando por el cuerpo. La piel se vuelve líquida. El cuerpo se expande y se derrite, buscando, finalmente, la protección de la tierra, que nos recibe, amable y fresca.
¡Por todas mis relaciones! Dices al entrar en la cabaña de sudar, y dentro, el Temascal, la oscuridad, el calor y la magia, se encargan de hacerte olvidar las fronteras que te habías creado y creído ahí fuera.
¡Aho!